La tristeza siempre me ha parecido una emoción preciosa porque creo que nos conecta con la introspección, pero sobre todo con la experiencia de ser humano.
Hace tiempo leí que las experiencias más personales son las mas universales. Y me encantó. Hay algo tan consolador en pensar que compartimos el dolor.
Cuando mi abuela enfermó fue uno de los momentos más difíciles de mi vida, pero también uno de los más hermosos. Es curioso, pero hoy lo recuerdo con tanto amor.
Había tenido un derrame cerebral, nos dijeron que había mucha sangre en su cerebro y que ese sería el final. Nosotros, poquito a poquito, lo íbamos asimilando como podíamos. Recuerdo a mi hermana llorando. A mí todavía no me salían las lágrimas. Intenté consolar a mi hermana mientras pensaba en lo rápido que puede cambiar todo. Recuerdo haberle preguntado a mi papá “¿se va a morir?”, sin saber si quería escuchar la verdad. “Miénteme”– pensé. Dejé de escuchar cuando me dijo que sí. Mi papá nunca miente.
Fue una noche difícil. Intento recordarla pero la veo algo borrosa. El recuerdo más vívido que tengo es del día siguiente. Estábamos todos amontonados en alguna habitación del hospital que sólo aceptaba dos visitas, pero nos daba igual. Mi abuela estaba en la cama, casi totalmente inconsciente. Mi mamá a su lado, tomando su mano. Le daba besos en la frente. Parecía una niña chiquita pidiéndole a su mamá el favor más grande de su vida: "no te vayas todavía.”
Recuerdo ver esta escena con un nudo en la garganta y pensar que estaba loca porque me parecía una escena tan hermosa. Tan dolorosa, pero tan llena de amor. Ahí estaba mi abuela, mi Bela adorada, rodeada de todo el amor que siempre nos dio. Tenía los ojos cerrados pero yo creo que lo sentía. Quiero pensar que nos sentía y que a ella también le parecía hermoso saberse querida.
Yo me acerqué a ella y la tomé de la mano. Pienso en las manos de mi abuela cada vez que pienso en ella. Desde que tengo memoria, cada vez que la veía sentada tenía las manos entrelazadas. Y acariciaba una de sus manos con el pulgar de la otra. Ella decía que era una manía que tenía. Pero yo con el tiempo comencé a sospechar que era su manera de consolarse a ella misma, de todo ese dolor que vivió pero nunca supo explicarnos.
Todos le pedían que se quedara. Yo la sentía cansada, preocupada. Entonces le dije, como en un secreto del que sólo sabríamos ella y yo: “Bela, quiero que sepas que estás rodeada de mucho amor. Y vamos a estar bien, no te preocupes por eso. Puedes irte tranquila.”
Entonces salí de la habitación y en el pasillo del hospital empecé a llorar, de tristeza, sí. Pero sabía que eran lágrimas de amor.
Te quiero siempre, mi Bela.
Te escribí este poema:
el amor es las manos de mi abuela
y soltarlas aunque no quiera y soltarlas aunque duela.– Tu nieta.





Llorar con tu historia porque resonó con la mía (también tuve un abuelo que sufrió un derrame cerebral, tan solo que vivió 7 años y murió debido a un cáncer) no estaba en mis planes del fin de semana (gracias).
Las abuelas deberían ser eternas ✨